Pasado y presente de la “Cátedra de Oro” de Derecho Procesal de La Plata.

Amilcar Angel Mercader

Corrían los años 50 en la ciudad de La Plata.

En la carrera de abogacía de una muy joven aún Universidad Nacional, se reunía un grupo de docentes que iba a dejar huellas indelebles en la historia del derecho argentino.

Hagamos foco en una de las asignaturas, derecho procesal civil. A la cabeza de esa cátedra, Amílcar Angel Mercader. En su equipo, dos muchachos de menos de treinta años. Provinciano uno -Augusto Mario Morello- y porteño el otro -Lino Enrique Palacio-.

Ese trío fundamental -Mercader, Morello y Palacio- junto a otros grandes nombres (como el del español Santiago Sentís Melendo) daría lugar a la que fuera conocida como “Cátedra de Oro” del derecho procesal argentino. Y no era para menos: Morello y Palacio se van a encargar de construir las bases de toda la doctrina procesal sobre la que se edificaron las legislaciones que hoy nos rigen.

Ellos recibieron el derecho procesal decimonónico y lo volcaron en los moldes de la costumbre local. Las instituciones principalmente italianas y españolas, pero también francesas, alemanas y norteamericanas fueron adaptadas por estos dos abogados de raza a la idiosincrasia local y de esa manera, Palacio y Morello “crearon” el derecho procesal argentino del siglo XX de una manera tan robusta y perenne que sus enseñanzas todavía hoy proyectan efectos hacia el futuro.

Siendo innegablemente muchos y muy importantes los méritos académicos de este grupo, no es eso lo único que brilló en la “Cátedra de Oro”.

Existía en todos los aspectos del trabajo académico de ese grupo docente (con directa incidencia en la vida del país a través de la elaboración de proyectos normativos, críticas a fallos de la justicia, debates públicos, etc.) un compromiso ético muy fuerte, un gran apego a las instituciones republicanas y democráticas.

Me detengo aquí en la persona de Morello, quien fuera sin dudas la figura señera del llamado “Grupo de La Plata”.

Morello quería un proceso judicial que sirviera de herramienta para la efectiva consagración y plena vigencia de los derechos de la sociedad civil, especialmente aquellos de los sectores más postergados o desprotegidos. Hoy, encontramos ese mismo espíritu en el derecho internacional de los derechos humanos. Incluso, en la “justicia de acompañamiento” que pensaba Morello puede hallarse el embrión del derecho humano al proceso eficaz, instituto que hoy viene respaldado por la jurisprudencia de la Corte Interamericana de Derechos Humanos.

Morello era un republicano.

Estaba profundamente convencido del valor de los principios de la ética y de la rectitud republicana y los defendió hasta sus últimos días. Muchos recordarán la fundación del grupo “Amigos de la República”, ya en el ocaso de su vida.

He allí los valores científicos y, por sobre todo, morales e institucionales que hicieran famosa a aquella cátedra de derecho procesal de la universidad nacional de La Plata.

Viajemos ahora desde el pasado de la “Cátedra de Oro” al presente. Especialmente me habré de detener en su actual conformación (en rigor, de las tres cátedras que cuentan con cargos de Profesores Titulares por concurso) y propondré al lector un ejercicio de comparación entre las conductas y valores de la “vieja” y las de la “nueva” cátedra.

Para ello, es imprescindible remitirnos al evento académico que definió la actual conducción de las tres cátedras de derecho procesal civil: el concurso para cubrir tres cargos de Profesores Titulares Ordinarios que da inicio en el 2012, celebrándose la clase de oposición el día 3 de octubre del año 2013.

Asimismo, es importante ubicarnos en contexto.

Recordemos que a esa fecha se encontraban vacantes los tres cargos de Titulares Ordinarios. El de la Cátedra I, por renuncia de Juan Carlos Hitters. El de la Cátedra II, por renuncia de Roberto Omar Berizonce. Y el de la Cátedra III, por vencimiento del plazo original del cargo de Eduardo David Oteiza (a quien el Consejo Directivo de la facultad no renovó por un nuevo plazo, como sí se ha hecho con otros titulares).

Es así como el Consejo Directivo decidió llamar a concurso para la cobertura de los tres cargos al mismo tiempo, con un único tribunal. Para integrar el tribunal evaluador se conformaron -por el claustro docente, cuyos tres miembros constituyen la mayoría de votos frente a un integrante por los alumnos y uno por los graduados- dos grupos de tres docentes cada uno: el de los titulares y el de los suplentes. Para el trío de “jurados titulares” se designó a Hitters, Berizonce y de Lázzari. Para el de “jurados suplentes”, a tres profesores que no pertenecían ni a la UNLP ni integraban el “Grupo de La Plata”

Los jurados titulares fueron notificados y aceptaron -los tres- integrar el cuerpo examinador.

Tenemos así la primera cuestión a observar en esta historia: el tribunal para seleccionar a los nuevos titulares de las tres cátedras estaba integrado por los dos titulares salientes de esas mismas cátedras (Hitters y Berizonce). Desconozco si ello es práctica habitual o no en la vida universitaria. Lo que sí conozco son las pautas de objetividad e imparcialidad que debe reunir un tribunal al momento de determinar la idoneidad de un candidato para acceder a una importante función pública como es la de ser titular de cátedra de una universidad nacional. Y considero que un titular saliente (solamente por esa condición) no cumple con los requisitos de objetividad e imparcialidad para evaluar a quienes fueron sus adjuntos hasta no hace mucho tiempo.

Una segunda cuestión para observar es quiénes éramos los inscriptos en cada una de las cátedras.

Los aspirantes a Titular de la cátedra I (la que tenía a Hitters como titular saliente) éramos Leandro José Giannini y yo, Carlos Enrique Camps (también Eduardo Abel Fernández quien anunciaría luego su voluntad de no participar de la clase de oposición).

Los aspirantes a Titular de la cátedra II (la que tenía a Berizonce como titular saliente) éramos Silvia Patricia Bermejo y yo, Carlos Enrique Camps.

Los aspirantes a titular de la cátedra III (la que tenía a Oteiza como titular con plazo vencido) éramos Eduardo David Oteiza y yo, Carlos Enrique Camps.

Para quienes no conozcan los entretelones de cómo funcionaba la “Escuela de La Plata”, al tiempo del concurso que estamos analizando Hitters, Berizonce y de Lázzari eran -en su condición de discípulos de Morello a quien reconocían como su Maestro y mentor- un grupo con estrechos lazos de conocimiento, frecuencia de trato, camaradería. Habían participado de incontables eventos académicos (viajes, congresos), proyectos autorales, reuniones procesales, familiares y sociales en general. Hitters y de Lázzari eran Ministros de la Suprema Corte de Justicia de Buenos Aires desde hacía varios años (de Lázzari era el Presidente del cuerpo al momento en el que trámite del concurso da inicio). Berizonce, por su lado, había sido Decano de la facultad de derecho.

Luego, respecto de los concursantes (por orden de mención), Leandro Giannini era el adjunto predilecto de Hitters en la cátedra I. Había sido por siete años su Relator Letrado en la Corte. Hitters fue su director de tesis doctoral. Hitters fue su prologuista. Giannini compartía con Hitters (y también, en menor medida, con Berizonce y de Lázzari) eventos académicos, reuniones de cátedra, sociales y familiares así como encuentros en la quinta de la familia Giannini en City Bell.

Patricia Bermejo era la adjunta predilecta de Berizonce en la cátedra II. Había sido varios años funcionaria de la Secretaría Civil de la Corte y, luego, titular de la Secretaría de Actuación Judicial -la más antigua del Tribunal-, dependencia que fuera disuelta en el año 2009 como consecuencia de una gestión ineficaz a cargo de Bermejo, todo ello -recordemos- con Hitters y de Lázzari como Jueces (quien esto escribe fue uno de los cuatro secretarios actuarios del Tribunal que “heredamos” el trabajo atrasado existente en la dependencia disuelta y, con mejor gestión y trabajo, logramos ponerla al día). Para la época del concurso en la facultad, Bermejo era camarista civil en La Plata. Compartían con Berizonce (y también, en menor medida, con Hitters y de Lázzari) eventos académicos, trabajos en coautoría, proyectos de investigación, reuniones de cátedra, encuentros en el quincho de la casa de Berizonce en La Plata, etc. Fue Bermejo quien brindó un afectuoso y emotivo discurso de despedida a Berizonce al tiempo de su retiro del cargo de titular.

Eduardo Oteiza era el titular más joven del trio que integraba en su momento con sus colegas Hitters y Berizonce. Rápidamente buscó posicionarse como el “líder” del Grupo de La Plata, intentando marcar una impronta dinámica y renovadora. Sin embargo, sus dificultades en el trato con los alumnos y sus ocupaciones e intereses fuera del aula (muy numerosas) llevaron a que hiciera de la delegación en el dictado de clases un hábito. Ello -entre otras circunstancias- habría motivado a que el Consejo Académico no le concediera la prórroga por otro período similar (posibilidad con la que cuentan los profesores que acrediten contracción a las tareas y justifiquen investigación, perfeccionamiento, etc.) y por eso tuvo que pasar por un concurso para renovar su cargo. Oteiza era casi un par de Hitters, Berizonce y de Lázzari. A pesar de la diferencia de edad, tenía trato de mucha proximidad con los tres. Los convocaban encuentros académicos (congresos y jornadas en el país y en el exterior), algunos trabajos en coautoría, reuniones de cátedras, eventos sociales y familiares. Muchos de estos encuentros tenían lugar en la quinta de Oteiza en Villa Elisa.

Y luego estaba yo. En ese momento era el adjunto por concurso más antiguo de la cátedra III (fui designado en el mismo momento en que Oteiza era nombrado titular por primera vez). Hacía bastante tiempo que había publicado mi Código Procesal Civil y Comercial de Buenos Aires comentado, texto que -lo digo con enorme orgullo- fue rápidamente adoptado por los alumnos para el estudio de la materia. Por la época del concurso, había concluido la primera actualización de Derecho Procesal Civil de Palacio posterior al fallecimiento del autor. Era, asimismo, Secretario Civil interino de la Suprema Corte de Justicia, es decir, dos de mis jefes eran Hitters y de Lázzari. Mi designación interina estaba dispuesta en el año 2008 (cuando Hitters era Presidente) en una resolución donde, a renglón seguido, se llamaba a concurso para cubrir, justamente, el cargo de Secretario Civil de la Corte (nótese la inestabilidad de mi situación laboral en el tribunal a ese momento). Si bien como parte del “Grupo de La Plata” en los primeros momentos también fui invitado a algunas de las reuniones en los domicilios de Giannini, Oteiza y Berizonce (incluso una en la quinta de Hitters), con el paso del tiempo se fue haciendo evidente que mi participación en esas tertulias no era tan apreciada. Ello se notó claramente los meses previos al concurso.

Como se advierte, TODOS los concursantes teníamos, por una razón u otra, motivos para recusar a los integrantes del tribunal. Todos éramos (o habíamos sido recientemente) o funcionarios de ellos o adjuntos de ellos o coautores junto a ellos o personas con frecuencia de trato profesional, social, familiar.

Hitters, Berizonce y de Lázzari no podían evaluar la idoneidad para el cargo de titulares de Giannini, Bermejo, Oteiza y Camps. No contaban con la objetividad suficiente para cumplir de adecuado modo el rol al que habían sido llamados.

No eran imparciales.

Pues bien, ni los integrantes del tribunal se excusaron ni los participantes -yo incluido- recusamos a nadie. En lo personal, estaba convencido -y los hechos que iban a suceder de inmediato me darían la razón- que una recusación hubiera significado una declaración de guerra contra los integrantes del tribunal, en las que tenía todas las de perder.

Opté, en cambio, por acudir en su momento a comentar esta circunstancia -y pedir ayuda- ante Eduardo de Lázzari en la Corte. de Lázzari en reunión privada reconoció que existía falta de objetividad en los jurados respecto de los concursantes y me dio su palabra de que hablaría con Hitters para invitarlo a que, ambos, se excusasen.

Ello nunca ocurrió.

No solamente no ocurrió la excusación de los Jueces de la Corte sino que unos días previos a la celebración de la clase de oposición, fui citado por de Lázzari a su despacho en la Corte donde me indicó que acudiera al despacho del Juez Hitters, quien iba a tener una conversación privada conmigo.

En su oficina de la Corte, a puertas cerradas, Hitters me reprocha estar demasiado ocupado en tareas académicas y editoriales (era la época en la que había salido publicada la edición de nueve tomos del tratado de Palacio, con mi nombre en la tapa como actualizador) y me advierte que de seguir de ese modo (“dedicándome a dar clases, rendir concursos y escribir”) corría serio riesgo mi cargo de Secretario del Tribunal.

Salgo perplejo del encuentro y de Lázzari me cita nuevamente a su despacho. Me dice que tenía que agradecerle (“hacerle un monumento” fueron las palabras que recuerdo como si fuera hoy) a Hitters porque no iba a llevar el tema de mi “inconducta” al plenario de la Corte. Pero que más me valía que le hiciera caso en su advertencia.

Cuando volvía cabizbajo a mi oficina en la Secretaría del tribunal no tenía aún real dimensión de que había recibido el golpe más fuerte, más injusto, más devastador de toda mi carrera profesional.

Dos de mis jueces acababan de sugerirme que “dejara de rendir concursos” porque estaba en juego mi cargo como Secretario de la Corte. Ellos y yo sabíamos que mi cargo, al ser interino, pendía de un hilo. Solo era suficiente un llamado telefónico para que se sustanciara el concurso que ya estaba dispuesto en la resolución que me designaba. Ni siquiera hacía falta un sumario para desplazarme. Ni siquiera, la voluntad de los demás integrantes del cuerpo.

Los mismos dos Jueces (de Lázzari y Hitters) que integraban (junto con su amigo Berizonce) el tribunal al que debía someterme en unos pocos días más si quería aspirar a un cargo de Titular para el que me sentía con suficientes condiciones para competir y contaba con mucho entusiasmo por los proyectos docentes que pensaba instrumentar de acceder al mismo.

Superado el shock pude reflexionar, hablarlo con algunos colegas y amigos, evaluar la situación y así fue como con fecha 1 de octubre de 2013, dos días antes de la clase de oposición, presento tres notas de renuncia a participar del concurso, una en cada expediente (había -y hay- un expediente por cada cargo).

Luego renunciaría a todo otro cargo que tenía en la Facultad de Ciencias Jurídicas y Sociales (el de Adjunto Ordinario por concurso y varios en posgrados) y me iría de la Universidad Nacional de La Plata para nunca más volver.

La clase de oposición se celebró, ahora con un solo postulante por cátedra. Como no podía ser de otro modo, los tres titulares que fueron consagrados con el voto de Hitters, Berizonce y de Lázzari fueron Leandro Giannini, Patricia Bermejo y Eduardo Oteiza.

Los tres, hoy continúan como Profesores Titulares Ordinarios por Concurso.

Los tres poseen cargos y posiciones para los cuales el status de Profesor Titular de una Universidad Nacional Argentina (aún otorgado por un examen aprobado en las condiciones descriptas) ha sido y es una de las principales credenciales exhibidas.

El trámite de este concurso se desarrolló durante los años 2012-2013. Tres años antes, el 21 de abril de 2009, había fallecido Morello.

Estoy convencido de que todo habría sido muy diferente con Morello entre nosotros.

Creo fervientemente que con Morello entre nosotros, ninguno de los personajes de esta triste historia habría actuado como actuó. Él no habría permitido que ocurriera este tipo de eventos. No habría aceptado que su “Cátedra de Oro” estuviera conformada por personas seleccionadas mediando circunstancias reñidas con las más básicas pautas republicanas para el adecuado acceso a cargos públicos. Ni habría admitido conductas que evidenciasen un ejercicio abusivo del poder.

El tema ya es del pasado. Lo que se buscó hacer, se logró. Y con total éxito.

De mi lado, solo quise contar a quien le interese cómo fueron los hechos que tanto dolor y angustia me acarrearon. Es lo único que puedo hacer, una vez que ya no corre riesgo mi cargo en la Corte.

Compartirlo con ustedes es sanador. Gracias por escuchar.

4 comentarios

  1. Gracias por tus comentarios Carlos, increíble historia, sobre todo viniendo de algunos personajes que tenia en alta estima y consideración, Saludos!!

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  2. Querido Carlos todos conocemos de tu capacidad y gran aporte en esta area del derecho, a nunca bajar los brazos, llegaran los tiempos en que será reconocido tu gran aporte. Abrazo

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  3. Querido Carlos, fuiste testigo de lo que ocurrió con mi situación en la Corte tras el fallecimiento de Negri. Conozco muy de cerca a cada uno de los partícipes de esta verdad. Ya hablaré sobre la mía. Mi gran respeto a lo que te tocó vivir. Abrazo

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